
Es el claro ejemplo de un personaje al que la muerte le otorgó la verdadera fama que no tuvo en vida. Pasó a ser, no digo que un ente sagrado, pero sí una pequeña leyenda. Varios lo tienen por un gran guitarrista a nivel mundial, y cuando tocaba era invitado en la canción “Hey Hey My My” en los recitales de La Renga. En aquellos a los que fui, vi que la gente entonaba fervorosamente a coro: “Olé olé olé olé, Pappo, Pappo”.
Pero si vamos a la posta, el chabón tocaba en bares, para 50 personas. Entonces, ¿qué es esa boludez de hacer surgir idolatría hacia alguien que mientras pudo tenerla, nadie le dio bola? Cuando se enteró, un montón de gente fue a despedirlo, llorando. No digo que sea un pecado condenable, pero si tenés a alguien en un pedestal, más vale subirlo antes de que se lo suba el del más allá. Me parece.

































